La seleccionadora femenina, Montse Tomé, y las jugadoras que han acudido al Hotel La Alameda se dirigen al autobús para poner rumbo a Valencia.Rodrigo Jimenez (EFE)

Es de sobra conocido que la RFEF está empeñada en confirmar una y otra vez la vigencia de ley de Murphy. Pero estos días, contra todo pronóstico, redobla sus esfuerzos para constatar también la validez de “Las leyes Fundamentales de la Estupidez Humana” enunciadas magistralmente por el profesor Carlo Maria Cipolla.

La convocatoria realizada este lunes sin haber llegado a un acuerdo con las futbolistas es un claro ejemplo de esta sinrazón que invade la RFEF. Una convocatoria sin acuerdo previo y basada en una amenaza. Todo lo contrario a la finalidad que debe perseguir la RFEF y el cuerpo técnico para facilitar que las futbolistas se concentren en la preparación de los partidos, como exigían con ahínco para sus compañeros de la selección masculina. Pero la RFEF sigue empeñada en obviar el poder y la valía de estas jugadoras y de todas las deportistas a las que representan con su lucha digna e incansable. De ahí que solo la estupidez humana pueda explicar que la RFEF siga empeñada en hacer valer un ultimátum que tan solo puede acelerar la descomposición de esta institución en fase terminal.

El calvario al que han enfrentado las jugadoras de fútbol después de vencer la Copa del Mundo ha puesto de manifiesto muchas cosas, todas ellas importantes para una gobernanza igualitaria, democrática y transparente del deporte. En especial del deporte femenino. Pero sobre todo ha dejado al descubierto la chapucera gestión de los órganos de gobierno de la federación deportiva más importante del Estado. Es cierto que solo el envanecimiento o la estupidez pueden explicar el comportamiento del señor Rubiales, pero ¿qué decir del resto de la Asamblea General? ¿Por qué todas aquellas personas allí presentes no se levantaron y se fueron, dejando al señor Rubiales disfrutar de su delirante soliloquio en vez de aplaudirle como genuinos representantes de la acrítica claque? ¿Cómo es posible que la seleccionadora y el seleccionador vigentes afirmen ahora que se han quedado paralizados durante el discurso de Rubiales? ¿Acaso no son uno y otra personas preparadas para actuar racionalmente en situaciones de mucha presión ambiental?

Las demandas de las campeonas de la Copa del Mundo de fútbol y dignas representantes de la integridad profesional tienen hoy un claro valor añadido sobre otras exigencias de los y las profesionales del deporte. En este caso, las demandas no solo se justifican en los criterios de buen gobierno del deporte, sino que ponen de manifiesto la falta de cumplimiento por parte de los órganos de la RFEF de los códigos normativos aprobados en su seno. Pero también de la más mínima sensibilidad ante una situación de desigualdad ante la que han alzado su voz una y otra vez para gritar a los cuatro vientos la justicia de sus reclamaciones. Y precisamente este grito ha dejado con el código de buen gobierno al aire a todos aquellos que han aplaudido o apoyado o no denunciado la gestión de Rubiales y su equipo durante todos estos años.

Solo la estupidez humana puede explicar, en fin, que desde la RFEF se siga presionando a las jugadoras de la selección española de fútbol, al mismo tiempo que se hace caso omiso de la condición que han expresado por activa y por pasiva para continuar con la negociación, a saber, la necesidad de una completa regeneración de la actual estructura federativa y deportiva. La RFEF sigue reclamando nombres y hechos para estudiar la situación.

Es decir, continúa obviando que hace tiempo ellas ya han señalado con el dedo acusador al Secretario General y al responsable del Área de Integridad de la RFEF. Al primero, por el trato despótico y la falta de empatía con las reclamaciones de las futbolistas. Al segundo, por la nefasta gestión de los hechos acaecidos durante la celebración de la victoria de la Copa del Mundo y la falta de profesionalidad al ejercer presión sobre las jugadoras para que corroboraran la versión de Rubiales, que la propia RFEF hizo suya en un primer momento. En lo deportivo, las jugadoras han mostrado su malestar con la actual seleccionadora y su entorno. Lo han expresado incluso las que han acudido a la convocatoria. Sin embargo, la RFEF sigue obstinada en emitir comunicados vagos y amenazas estériles en vez de abrir un diálogo constructivo con las jugadoras. ¿Tanto es el poder de estas personas que mantienen rehén a la RFEF y a su presidente en funciones? ¿Tan difícil es darse cuenta de lo importante de sus peticiones y de la razón que mueve a las legítimas integrantes de la selección femenina de fútbol?

Parece que para la RFEF sí. Pero las jugadoras tienen claras sus exigencias y van a por todas. No se conformarán con más chapuzas. La enésima amenaza ha sido sin duda el penúltimo error. La propia RFEF sabe que no está en condiciones de oponerse moral ni deportivamente a las demandas de las futbolistas. De ahí que la actual situación no sea más que la prolongación de la agonía en la que languidece la RFEF. Algo incomprensible o sólo explicable si nos atenemos a la tercera ley del profesor Cipolla, según la cual la estupidez humana es capaz de causar daño a otras personas sin obtener ningún beneficio a cambio o incluso a costa de sufrir un daño propio. Una vez más y ya son muchas la RFEF se ha quedado en fuera de juego. Veamos si tiene capacidad de reacción en la prórroga.

Alberto Carrio es profesor de filosofía del derecho en la Universidad Pompeu Fabra Barcelona (UPF)

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